30.11.14

A los siete años comencé a escribir mi primera historia. Estaba convencida de que sería una gran revolución en los medios. Ya veía el titular: NIÑA ESCRIBE LIBRO PARA NIÑOS. Y que se quedasen los adultos con sus best-sellers de letras pequeñas, palabras largas y grandes parrafadas. Mi novela (escrita en Comic Sans, tamaño 12 y justificada a página) tenía animales que hablaban, misterios por resolver y dibujos entre las páginas.

No fraguó.

Llegaron Harry Potter, Momo, El principito y Jostein Gaarder y lo de escribir mis propios relatos se me pasó durante unos años. Concretamente hasta los catorce, cuando comencé el segundo proyecto de novela con un título aún más pretencioso: El pianista solitario. Cambié el misterio por la filosofía y los personajes fantásticos por dos únicos protagonistas: uno, carcomido por el tiempo y la soledad; la otra, despierta y curiosa, que recordaba las charlas y silencios entre ambos.

Tampoco fraguó. Demasiada intensidad para la adolescencia. Me dediqué a los relatos cortos, los trabajos de literatura, los cursos de dramaturgia y las clases de gallego. Conocedora de mis anteriores fracasos, traté de reemprender mi andadura en la novela inventando con Irene un mundo de fantasía, embarcándonos juntas en la creación de mapas de otras tierras y personajes mitológicos. Todavía conservo los bocetos.

Durante esos años escribí historias con forma de carta, de pieza teatral, de diálogos con un sólo interlocutor, de fotografías en forma de palabra y de palabras anexas a fotografías (ahora encajo las piezas y sonrío). Con el dolor del primer amor, me dejé llevar por otras formas y otras palabras que poco a poco se fueron desvaneciendo. El dolor crónico se convirtió en una punzadita esporádica una o dos veces al año.

Al comenzar la universidad decidí tomar el camino del cuento infantil esbozando los primeros dibujos y frases de Polo y los rinocerontes azules. Sin embargo, los estudios, el trabajo y el cine me apartaron de la literatura durante un par de años en los que no sentí la necesidad de plasmar una idea con palabras, de llegar a otro a través de una historia o de mostrar momentos por escrito.


Y, para cuando regresé, fue por auxilio.

El vacío que sentí dentro sólo venía en forma de sílabas inconexas. Sentía como si me hubiesen extirpado un apéndice fundamental y tuviese que callarlo y seguir sonriendo en silencio. Por eso escribí. Al principio en pequeño, en bajito, con lápiz. Poco a poco lo tecleé, lo transformé en palabras coherentes. Incluso, un poco después, me atreví a releerlo.

Y mientras la herida sanaba poco a poco, yo iba caminando de regreso a mí.

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